jueves, 15 de julio de 2021

CRÓNICAS DE UN JUGADOR DE JUEGOS DE MESA - Capítulo 1: "De niño jugué con damas y botellas"


Debo ser muy mayor porque recuerdo esa época en que los niños no teníamos ordenador, consola, smartphone ni tablet. Esa época de mi niñez en que la tecnología era para mí la televisión, la cámara de Super 8 y los coches teledirigidos con cable. 

Lo normal para los niños de mi edad era jugar haciendo el bruto: pegarnos, correr, levantar las faldas a las chicas, sacarles motes a los profes o pensar en la próxima trastada que superara a las de los demás. A veces, también era un niño bueno y jugaba a cosas más pacíficas como el escondite, a policías y ladrones (bueno, esto no era pacífico pero disparábamos con los dedos de la mano), al fútbol, al monopatín y a algo raro para nuestra incansable energía, un divertimento en el que estábamos sentados: los juegos de mesa. 


 

Horas y horas jugando al Monopoly, Cluedo y cosas por el estilo. Lo más de lo más eran los Juegos Reunidos Geyper dónde venían varios juegos de mesa reunidos (de ahí el nombre tan original) en una super caja. De entre ellos, recuerdo con cariño el juego de las Damas que mi padre me enseñó y al que habitualmente me ganaba. A mí siempre me han gustado las Damas, las del tablero y las otras que tienen más curvas. Del juego de tablero me resultaba fascinante que no hubiera azar (no como el caprichoso dadito de la Oca o del Parchís, que siempre hacía lo que le daba la real gana). ¡Las Damas sí que eran un gran juego!: un tablero, doce fichas redondas por jugador y pura estrategia con su infinidad de trucos, trampas, “te la soplo”, “me como dos”, "ahora tengo una dama y te vas a enterar", etc. Con mi afición a las Damas y la habilidad aprendida a base de derrotas contra mi progenitor, creía que estaba ante uno de los mejores juegos que podían existir en el mundo. 

Fue en uno de esos veranos infantiles cuando descubrí algo mejor. Dos chicos jugando en el mismo tablero dónde yo jugaba a las Damas a otra cosa más extraña. Un montón de piezas de distintos tipos, nombres y tamaños, un lío de movimientos y reglas que, desde el primer momento llamaron mi atención. Mis preguntas eran explicadas con respuestas a cada cual más rara: el Rey es el que más vale pero parece paralítico y no se mueve casi, la Reina no veas como se mueve porque corre como loca por todo el tablero, el Caballo da saltitos que yo no entendía, el Alfil es tan caprichoso que va por las diagonales pero hay uno que va por las blancas y otro que va por las negras, la Torre es fuerte aunque está encerrada en las esquinas y tarda mucho en salir a pasear, los Peones tan chiquitajos ellos y tan limitaditos en movimientos aunque si llegan hasta el final se convierten en Reinas, hay que dar jaque y si das jaque mate ganas, también se puede empatar y se llama tablas, hay que pensar, hay trampas, hay de todo, no preguntes más que estamos jugando….. 


¡Guau!, ¡vaya pasada de juego! Me dijeron que se llamaba Ajedrez y a mí me fascinaba mirar como jugaban aunque no me enteraba de casi nada. Un amigo mío tuvo que explicarme las reglas varias veces antes de la primera partida que me ganó con algo que él llamaba el “Jaque Pastor". Maldije al pastor, odié a Pedro (el amigo de Heidi) que era el único pastor de ficción que conocía y me dije que a pesar de mi rápida derrota, ese juego tenía algo especial que me atraía más que mis amadas Damas (las de tablero, ya sabéis). Agradezco infinitamente a mi amigo (del que ya no recuerdo su nombre ni su cara ni siquiera si alguna vez le gané) que me enseñara a jugar al ajedrez.

 

En realidad, ese verano de mediados de los años 70 y antes de cumplir los 10 años de edad, aprendí tres cosas y las tres las aprendí mal: jugar al ajedrez con las reglas con las que jugábamos los niños, nadar fatal sin que nadie me diera lecciones para hacerlo mejor, y besar a las chicas. Lo primero fue como lo he contado (amor a primera vista desde que vi como jugaban una partida), lo segundo porque me caí en la piscina de mis tíos y si no me saca un niño mayor, acabo ahogado, y lo tercero con otro bonito “juego” que se llamaba la Botella

Los chicos y chicas nos sentábamos en círculo en el suelo y por turnos hacíamos rodar una botella. El que había hecho rodar la botella, al que esta apuntaba, si era del sexo contrario, podía darle un beso en todos los morros y si era del mismo sexo, pues allá tú te apañaras. Ummmm…., bonitos primeros besos aunque fueran dados rodeados del público que formaban el resto de mis amigos con esa típica frase de "¡a fulano le gusta fulana!". Me daba igual, alguno de esos besos valían la pena y yo pasaba de las risas y gritos de mis compañeros. Este era un juego de azar pero mira por dónde, sí que me gustaba. En fin, dejaré los inicios del sexo y seguiré con el ajedrez aunque eso ya será en el siguiente capítulo.

*Esta entrada se publicó originalmente en la web Chess Computer Coleccionistas (Chesscc.com) dentro de la serie: "Cómo dejé de ser un coleccionista novato (de computadoras de ajedrez)".